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El «Chino» Maidana y el «Negro Bachicha» por «Etin» Ponce

La perfección es como la verdad absoluta, alcanzarla es una aspiración ficticia, pero yendo tras ella se puede llegar lejos. No sabría decir cuán lejos, porque cuando creés haberte acercado te das cuenta de que la perfección ha quedado más lejos que antes… Como la verdad absoluta.

En materia deportiva esta ecuación es una constante, triunfan quienes buscan la perfección, quienes tienen hambre de gloria y piensan que siempre están a mitad de camino, e inexorablemente llegan más alto aquellas o aquellos que optimizan lo que traen desde la cuna. Los deportistas pueden perfeccionar solo las aptitudes que ya poseen, nadie puede mejorar lo que no tiene y siempre es bueno rodearlos de virtuosos maestros. En resumen: los verdaderos campeones no se inventan, solo progresan en sus dotes.

Seguramente este es el caso del Chino Maidana, un deportista de élite que al inicio del nuevo milenio elevó, junto a «Maravilla» Martínez, al pugilismo criollo a la cúspide y la consideración universal del deporte de las narices chatas desde el perfeccionamiento de sus cualidades innatas.

Para desarrollar al máximo su potencial la primera batalla con la que tiene que lidiar todo ser humano es consigo mismo y deduzco que con el Chino no ha pasado algo distinto.

Con el deportista de Margarita, aparte de una común devoción por el sabalero santafesino, tengo una relación que me permite analizarlo con la autoridad y objetividad que me otorga un vínculo nacido al calor del afecto sincero, exento de todo cholulismo. Y esto es así no solo por haber organizado alguno de sus combates en Argentina como sus dos presentaciones en el Club Deportivo Libertad de Sunchales, Santa Fe, frente al brasileño Esmeraldo José Da Silva y al panameño William González, peleas que el Chino ganó sin despeinarse o aquella otra cuya organización acompañamos desde Atilra cuando enfrentó a DeMarcus Corley en el mítico estadio Luna Park de Corrientes y Bouchard de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Esa relación, sin más compromiso que el afecto y la lealtad, me permite inducir que la gran batalla que ha ganado el Chino, no ha sido ni aquella épica que libró con Víctor Ortiz en la que tras haber ido tres veces a la lona terminó ganando de manera contundente por la vía rápida en el sexto round, ni aquella otra que lo puso cara a cara con Adrien Broner, en San Antonio, Texas, ganándole al norteamericano en forma brillante.

Quizás algunos puedan colocar en el cenit de sus logros las batallas frente a Amir Khan y a Floyd Mayweather Jr. o sus inobjetables triunfos ante sobresalientes rivales como Josesito López o los mejicanos Érik Morales y Jesús Soto Karass.

Permítaseme disentir con tales opiniones. Estoy seguro que la batalla más importante, la más trascendente, Marcos «el Chino» Maidana la ha librado con él mismo y a partir de haber salido airoso de esa gran batalla, pudo construir el resto de su gloria.

Voy a tratar de fundamentar tal concepto puntualizando hechos que no suelen aparecer en las luminosas marquesinas donde la gente cuantitativa piensa que se incuban y gestan lo que ellos denominan éxito.

Lo resumo así. Principio del nuevo milenio, sentado frente al televisor, observaba después de poner a reproducir un video casete, hecho hoy obsoleto, los movimientos de un joven pugilista que hacía sus primeras armas en el boxeo.

Uno de los dos jóvenes que ocasionalmente estaban en el lugar mientras observaba las imágenes lanza en forma estentórea la siguiente expresión: «¡Mirá!, ¡Jalá!, ¡ese es Jalá!».

Pensando que el pibe estaba confundido en cuanto al personaje que veíamos en acción le dije: «Debés estar equivocado, vos no lo conocés, es un joven boxeador al que estoy analizando para ver si le damos una mano desde Atilra en su intento por progresar en el difícil mundo del boxeo».

«Sí que lo conozco» me replicó el pibe, «yo estuve preso con él en Santa Fe, le decíamos Jalá». Yo, que no podía salir de mi asombro insistí: «¿Pero estás seguro que es él?, mirá que este es un muchacho de un pueblito del norte de la provincia de Santa Fe que se llama Margarita. ¿Por qué le decís Jalá?» le pregunté.

«Porque cuando estuve preso, solo un par de días, eh», me aclaró. Pero ahí no terminaba su relato: «Él también lo estuvo, andaba con una bolsa arpillera embebida en kerosene y nos decía jalá, jalá, queriendo decirnos que aspirásemos de la bolsa», afirmó haciendo alusión a un término que en algunos países latinoamericanos se usa como sinónimo de inhalar. Lo miré al pibe y, sin salir de mi asombro ante la casualidad de los hechos, supe que me estaba diciendo la verdad.

Luego de aquel episodio pasó el tiempo y es sabido que desde Atilra hemos acompañado a Marcos durante toda su carrera deportiva.

En un momento de esa brillante trayectoria, después de su pelea con William González fuimos con el Chino a cenar.

Nos encontrábamos haciendo la sobremesa y para aprovechar la hermosa noche Marcos me dice «Vamos un ratito afuera a disfrutar del aire puro de la noche».

«Vamos, Jalá» le contesté.

El Chino me miró asombrado y con picardía me preguntó: «¿Por qué me decís eso?»

Le conté aquella vieja anécdota de cuando estuvo preso y lanzando una carcajada me dijo: «¡Qué chico es el mundo!»

Pasó el tiempo y Marcos siguió creciendo boxísticamente hasta llegar a los peldaños más elevados del boxeo mundial.

Así llegó aquel inolvidable combate del 3 de mayo de 2014 en el MGM Grand Garden Arena de Las Vegas, Nevada, donde nuestro boxeador puso en serios aprietos a Floyd Mayweather Jr. en una pelea televisada a gran parte del mundo.

Millones de espectadores pudieron apreciar el temperamento y la enjundia de un peleador de raza.

Invitado por el Team Maidana recuerdo que fui a presenciar el combate con un grupo de amigos.

Sentíamos un inmenso orgullo por ser argentinos, por haber acompañado al Chino desde épocas difíciles y porque Marcos no llevaba la marca de una multinacional en su pantalón sino la de un sindicato, el sindicato de las y los trabajadores lecheros de Argentina.

El rating de la televisión abierta fue de 26,5 en la televisión pública, más otra gran audiencia que vio el combate a través de la señal por cable Space.

Cuando el crédito de Argentina subió al ring comencé a recibir mensajes de distintas partes del mundo, eran compañeras y compañeros de la Unión Internacional de Trabajadores de la Alimentación (UITA), que estaban mirando la transmisión desde sus respectivos países.

Los mensajes no eran solo congratulaciones porque en la velada principal había un argentino sobre el ring sino también porque ese argentino tenía en su pantalón grabada la marca Atilra, algo que, si fuese por la concepción filosófica que sustentan algunas mentes mesozoicas, nunca hubiese ocurrido. ¡¿Qué es eso de que los sindicatos gasten su dinero en promocionar el deporte?!

Es el pensamiento de la misma gente que se opone a que las entidades gremiales reciban aportes que no solo destinan a la salud y educación de sus afiliadas y afiliados, sino que también contribuyen al desarrollo formativo, social y cultural de la población en general.

No bien concluida aquella gran pelea realizada por el Chino, que perdió en un fallo ajustado y en decisión dividida de los jueces (el norteamericano Michael Pernick la vio empate en 114 puntos), los argentinos y los latinoamericanos que estábamos en el estadio nos mirábamos con orgullo por la gran pelea que había hecho el púgil santafesino.

Mientras yo salía del estadio, luego de cruzar saludos y algunas palabras con Osvaldito Príncipi, Carlitos Irusta y otros compatriotas que habían asistido a la gran velada, pensaba en lo que estaría pasando por la cabeza y el corazón de Marcos.

A pesar de haber salido de un pueblo pequeñito y proveniente de una familia con carencias materiales, por un momento el Chino había logrado concitar la atención de una parte de la población mundial.

Están los que conjeturan que esa primera pelea con Mayweather fue la más importante en la vida de Marcos. Otros opinan que fueron más importantes los triunfos conseguidos ante Ortiz, Broner o el gran Érik Morales, porque lo catapultaron a la consideración mundial. Con todo respeto me permito disentir con esas aseveraciones.

No tengo ningún tipo de dudas que la victoria más importante del Chino, la más gloriosa, trascendente y la que debe festejar todos los días de su vida, fue la conseguida ante Jalá. Si no hubiese ganado esa ciclópea batalla, las otras sencillamente no habrían existido.

Salud campeón. Salud querido Chino.

Etín Ponce- Secretario General

0:02 / 15:59

El Negro Bachicha

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