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Nacionales

Mi padre y el general

Aquel 1° de julio de 1974, lunes triste si los hubo, cuando María Estela Martínez en ejercicio de la presidencia de la Nación anunció el fallecimiento del Teniente General Juan Domingo Perón, una extensa herida desgarró los sufridos corazones de millones de mujeres y hombres del trabajo.

Cuando recibí aquella infausta noticia hacía unos pocos meses que yo había entrado a trabajar en La Gran Empresa Láctea Argentina, tal como proclamaba aquel eslogan de época para referirse a SanCor Cooperativas Unidas Limitada.

El pueblo trabajador no lloraba entonces porque había muerto un presidente, era mucho más que eso, intuían, sabían que desgraciadamente estaban asistiendo a los funerales de un sueño que quedaría inconcluso: la instalación definitiva de un orden social más justo.

Recuerdo que instintivamente me vino a la memoria aquello que Juan José Castelli, con la lengua destruida por el cáncer, escribió en 1813 desde la cárcel: «Si ves al futuro, dile que no venga.»

Lamentablemente tal premonición se iba a cumplir, ya que dos años más tarde se instalaría en esta patria la dictadura cívico militar más sangrienta y atroz que azotara a la Argentina.

Aquella dictadura diezmó a toda una generación. A veces me pregunto si este país de nuestros días sería igual si a este árbol no le hubiesen podado sus mejores retoños.

Aquel terrorismo de Estado le mutiló las alas al Negrito Navarro, al Archie Gastaldo y a Fernando Abasto, compañeros de niñez y juventud que supieron gestar sus sueños en las entonces polvorientas calles de Sunchales, nuestro pago chico de Santa Fe.

Aquel mismo terrorismo de Estado, que arrancó del seno de nuestra familia a Pocha, secuestrada en Villa Constitución el 10 de octubre de 1976 y asesinada por las mismas fuerzas armadas que la habían secuestrado. Pesaba sobre todos ellos un peligroso cargo: sospechosos de soñar con un país para todos.

Todo esto llegaría después de la muerte de Perón; por eso digo que tal vez el pueblo intuía lo que pasaría luego de la partida del viejo líder.

Más de 130 mil almas pudieron verlo durante el velatorio en el Congreso de la Nación y más de un millón no alcanzaron a ingresar al recinto para darle el último adiós.

Una fría y fina llovizna que descendía desde el brumoso cielo porteño se confundía con las perlas salobres y acuosas que bajaban de las mejillas dolientes de aquellas cabecitas negras que, apiñadas en las Avenidas Callao y del Libertador, acompañaron en silencio y con dolor el paso del cortejo fúnebre.

El mundo lo despidió con respeto y admiración, quizás por el tipo de tribuna desde donde provenían los mensajes sea útil recordar, a manera de ejemplo, lo que manifestaban las crónicas de algunos de ellos.

The Washington Post de Estados Unidos decía: «Perón dirigió, en la década de los años 40, una transformación social en la Argentina, que, al contrario de muchos movimientos latinoamericanos, puede ser descripto como revolución.»

Por su parte Il Tempo de Italia manifestaba: «Perón inició en Argentina un experimento político y social, el del justicialismo que, sobre todo cuando se lo juzgue teniendo en cuenta el ambiente en el que fue realizado, las dificultades que se le opusieron y los enemigos que tenían interés en hacerlo fracasar, no podrá dejar de ser considerado como una etapa de progreso social de América Latina.»

Pero más allá de recordar lo que fue la desaparición física de Perón y lo que significó su partida, permítaseme la oportunidad de tratar de explicar la relación que muchas veces une a una clase social, en este caso a la de los trabajadores y las trabajadoras, con determinada línea de pensamiento político.

Consiéntaseme entonces contar lo siguiente. De pequeño yo observaba como mi padre de vez en cuando sacaba de un cajón un escudito con la cara de un hombre sonriente y una vieja libreta que el tiempo barnizó con tintura de nostalgia.

Con recelo, primero se aseguraba que la ventana de la modesta casa familiar estuviera cerrada, para luego tomar el escudo con una mano y con la otra proceder a hojear aquella libreta.

Con los años supe que el hombre del escudo era Juan Domingo Perón y que la libreta, entre otras cosas, contenía las 20 Verdades Peronistas y la letra de la Marcha Peronista.

Supe también entonces que el General había sido derrocado por un golpe de Estado, que estaba prohibido y que por eso mi padre escondía esos símbolos.

Eran tiempos posteriores a la Revolución Fusiladora, atrás habían quedado los bombardeos a Plaza de Mayo y los fusilamientos de José León Suárez.

Cayó Perón y con su caída sobrevendría una etapa de ataques, no solo contra las conquistas obreras populares y democráticas, sino también contra todos aquellos que simpatizaran con el gobierno derrocado.

Parte de la curia había sido la impulsora de una amplia coalición opositora que agrupaba a partidos políticos seudo democráticos, incluidos la Democracia Cristiana, fundada en julio de 1954 y hasta socialistas y comunistas se encolumnaron detrás de los poderes económicos que propiciaron el golpe.

Con el tiempo comprendí que lo que hacía mi padre era esconderse cuando tomaba contacto con los símbolos del Peronismo, para no sufrir las consecuencias a las que estaría expuesto si el antiperonismo se enteraba del pensamiento político partidario que él profesaba.

Un par de sus amigos habían caído presos siendo salvajemente golpeados por haber dicho en voz alta luego de unas copas de vino: «¡Viva Perón!»

Así que inferí que mi progenitor interpretaba que no era cosa de suicidarse por suicidarse, sino que eran momentos de obrar inteligentemente.

Yo andaría por los 14 años cuando un día le pregunté por qué era Peronista.

En ese momento él dejó de lado lo que estaba haciendo y quizás un poco sorprendido por mi pregunta me miró y me dijo: «Porque Perón creó la indemnización por despido, antes nos echaban como a perros. Con Perón comenzamos a cobrar el aguinaldo, empezamos a tener vacaciones pagas y a partir de su gobierno todos los trabajadores pueden jubilarse» y agregó «no sé si vos sabés de qué se trata, pero Perón puso en marcha el Estatuto del Peón Rural, los convenios colectivos de trabajo para que nadie te pague lo que se le dé la gana y también creó la Ley de Accidentes de Trabajo», tomó aire y gesticulando me manifestó «todas estas cosas los trabajadores no las teníamos antes de que el General fuera presidente.»

Mi padre iba a reiniciar lo que estaba haciendo, pero antes volvió sobre sus pasos, me miró a los ojos y me acuerdo que me dijo: «Un trabajador que no es Peronista, es una persona desagradecida, hijo.»

No le contesté, solo recuerdo que lo miré con ternura y comprendí su desaliento y sobre todo su impotencia.

Ah; espero que usted sepa comprenderme, desde aquel momento… yo también soy Peronista.

«Etín» Ponce – Secretario General

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