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Nacionales

Tomasito

En la vida no es tan importante mensurar la altura a la que hemos llegado, sí es importante que al arribar al lugar que fuere no nos hayamos olvidado de donde venimos.

Sin la desatinada pretensión de querer compararlo con el Viejo Vizcacha, esto sabía sentenciar con gesto adusto mi abuelo Agustín Velázquez cuando tomaba alguna copa de más y el alcohol etílico comenzaba a escapársele por la comisura de los labios. Esto le ocurría como consecuencia de una parálisis facial que había tenido y que le dejó la boca un poco torcida como gol de córner, según la definición futbolera de los changos del pueblo, los mismos changos que lo habían apodado «media sonrisa», por motivos obvios ¿se entiende?

Luego, sin que mediara interrupción alguna, comenzaba a cantar, bastante fuera de tono, aquellos versos del gran Atahualpa contenidos en las Coplas del Payador Perseguido: «Yo vengo de muy abajo | y muy arriba no estoy…», y continuaba desafinando mirándonos para ver si alguno de nosotros desaprobábamos ese momento de inspiración que nos estaba regalando.

Sin llegar a emitir juicio de valor respecto de las fallidas dotes interpretativas de mi antepasado, puedo decir, no obstante, que quizás a muchos de nosotros nos cabe el sayo hecho poesía arrojado por Héctor Roberto Chavero, tal es el verdadero nombre de don Atahualpa Yupanqui.

Esta copla testimonial y muchas otras sabía entonar el abuelo allá en Selva, pueblito emplazado en el sureste de la provincia de Santiago del Estero, en una época, la de mi niñez, en la que todavía para los habitantes del lugar la energía eléctrica era una quimera y a la botella de vino Trinco se la introducía en un pozo con agua para refrescarla, luego, con el paso del tiempo este proceso de enfriamiento sucumbiría frente al modernismo y al confort de la heladera.

«Chisco» Flores, el pensador del pueblo que abrevaba en la inagotable fuente de la locura, sabía ingresar al boliche e interrumpir a los parroquianos que estaban jugando al truco para decir, con tono reflexivo, cosas como por ejemplo: «la nostalgia es un barco cargado de recuerdos encallado en arrecifes del pasado». Los parroquianos, aunque no entendían nada, asentían con la cabeza respaldando ese toque de inspiración de «Chisco» y luego continuaban con su rutina de vino, tabaco y naipes.

Tal vez sea verdad lo que decía aquel hombre, que no hay que vivir de recuerdos para no morir de nostalgia, pero para no olvidar de dónde venimos, como decía el abuelo Agustín, el ser humano que pretenda seguir buen camino ha de tener buena memoria.

En aquel rejunte de casitas bajas que constituían el pequeño poblado la gente más humilde vivía en la periferia, lo que constituía una forma de indisimulada discriminación que se repetía a lo largo y a lo ancho del país.

Toda esa gente humilde tenía perros mestizos, de la calle como quien dice, y no uno, sino muchos; perros bajos, altos, tranquilos, ladradores y unos pocos milagrosamente robustos, a los que los sucesivos gobiernos de turno de a poquito los iban convirtiendo en galgos.

A esa pléyade de humildes sin opción pertenecía la familia de mi amigo Armando, que vivía a solo dos cuadras de la plaza principal y ya pertenecía a la periferia (con este simple dato calcule usted las dimensiones de aquel pueblo).

¡Ahí vivía mi gran amigo Armando!, que de tan generoso y solidario ya desde chico supo compartir sus piojos con las pulgas de aquellos perros bastardos. Esa familia sí que sufrió privaciones, por lo que socarronamente la gente del pueblo sabía decir que su mayor aspiración era llegar a ser pobres.

En esa época a los pueblitos del interior del país solían llegar en trenes de carga hombres de aspecto menesterosos a los que universalmente se los conocía con el nombre de crotos, palabra que comenzó a utilizarse en nuestro país a partir de la sanción en la provincia de Buenos Aires de un decreto que les permitía a los peones rurales viajar gratis en los trenes de carga. La denominación tiene su origen en el hecho de que quien sancionó aquel decreto fue el entonces gobernador de esa provincia, don José Camilo Crotto.

Como es de imaginar, quienes utilizaban aquel servicio en forma gratuita no era gente abundante en recursos económicos sino más bien todo lo contrario, eran peones rurales explotados, mal vestidos y con escasa formación. Con el tiempo el General instauraría el Estatuto del peón rural y esa circunstancia comenzaría a cambiar.

Pero la palabra croto quedó y fue utilizada para referirse a las personas mal vestidas y de aspecto indigente que comenzaron a desplazarse, ya no por cuestiones laborales porque no trabajaban ni buscaban conchabo alguno, ni tampoco lo hacían solamente dentro del territorio de la provincia de Buenos Aires, sino que comenzaron a desplazarse por la amplia geografía de todo el país en los llamados trenes de carga.

Así fue que era común ver llegar a las poblaciones linderas a los ramales ferroviarios a los que todos conocíamos con el nombre de crotos.

Bajaban de los trenes y se quedaban en los montes de eucaliptus que existían en cada estación ferroviaria. Llegaban de a uno o de a dos, rara vez superaban esa cantidad, y se quedaban habitualmente pocos días en el lugar, y vaya a saber qué motivos los inducían a bajar en determinadas poblaciones y cuáles habrán sido también las características de elección para la cantidad de días que pasarían en cada lugar.

Así un buen día Tomasito llegó a Selva.

Se tejieron mil rumores acerca de su procedencia y de los motivos que lo habrían inducido a bajar del tren de carga en ese solar de casitas humildes donde, salvo los perros, no sobraba nada. Entre tantas conjeturas que se tejieron recuerdo que se llegó a comentar acerca de un amor no correspondido, pero la verdad es que si esto fuese un antecedente real hoy el país estaría desbordado de crotos.

También surgió una versión jamás confirmada que decía que venía huyendo de la policía. Esto tampoco debió haber sido cierto por la relación que con el paso del tiempo supo tener con los uniformados del pueblo.

Tomasito era de baja estatura, físico esmirriado y un rostro mustio en el que anidaba una mirada gris y mansa al mismo tiempo; en realidad no desentonaba con aquellos perros enjutos de la periferia.

Lo cierto es que haciendo honor a su calidad de croto un día bajó del carguero e «hizo rancho» en el monte de eucaliptus que aún existe al costado de las vías, pegado a los galpones de la estación ferroviaria.

Pasaba el tiempo y Tomasito no hacía lo que el resto de los hombres de su especie. Él no se iba.

La gente lo fue conociendo porque comenzó a interactuar con él, y él, con su conducta sin dobleces y su don de gente, se ganó el cariño de todas y todos los habitantes del lugar, a tal punto que le permitieron por vía de excepción, ocupar un sector de aquellos viejos galpones.

A tal grado fue considerado un ciudadano más del pueblito, que todos los días se lo solía ver caminar por sus calles hablando con los vecinos del lugar, y no solo eso, incluso a los niños se nos permitía acercarnos a dialogar con él, algo que nos estaba completamente prohibido con otros vagabundos que llegaron al lugar.

Sin minimizar y sin dejar de valorar a la instrucción como un bien esencial, digo sin embargo que no hay que confundir instrucción con sabiduría. Las vivencias que experimenté a lo largo del tiempo me enseñaron que la sabiduría no necesariamente cabalga siempre sobre corceles académicos. Escuchar solo el eco de lo que recitan los instruidos es ponerle barreras a las fronteras del conocimiento; es más, muchas veces uno termina concluyendo en que poca sabiduría tiene aquel que presume de sus títulos.

Francisco de Quevedo, uno de los máximos referentes de la literatura española del Siglo de Oro le escribió un célebre epigrama a su archienemigo, el Doctor Don Juan Pérez de Montalbán quien se jactaba de sus títulos y apellidos. El epigrama dice: «El Doctor tú te lo pones, | el Montalbán no lo tienes; | y así, quitándote el Don, | vienes a quedar Juan Pérez».

La reflexión viene a cuento por aquello de que muchas veces a la sabiduría podemos encontrarla aún en hombres a los que consideramos ignaros.

En aquel pueblito santiagueño de arrope y mistol, en una liturgia que no he vuelto a repetir, los changuitos de Selva nos reuníamos en silencio frente a Tomasito, y él, de un viejo y ajado bolso de cuero sacaba un gastado libro de cuentos, lo colocaba entre sus manos y comenzaba a narrarnos historias que nosotros escuchábamos con atención, asombrados, embelesados.

Día tras día esperábamos que el croto del pueblo, que ya nos pertenecía, nos convocara para hacernos delirar con aquellas narraciones que compartíamos con el resto de los chicos de la periferia.

Cuando vine grande supe que Tomasito no sabía leer. De él aprendí, aprendimos, que cuando no existen los medios para alcanzar determinados objetivos la imaginación puede crearlos.

Etín Ponce Secretario General

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